A veces caminas enfilado por la vida y no eres capaz de mirar más que el movimiento acompasado y acelerado de tus pasos.
Afortunadamente, hay
otras ocasiones en que algo inesperado te enfila para que detengas tu
caminar mecánico y observes alineamientos matemáticos inopinados o
mágicos, algo así como los eclipses de sol o lunares.
Nosotros caminábamos
curveando por los espacios interbloques próximos a la avenida de
Moratalaz, muy cerca del barrio de la estrella. Íbamos en búsqueda
de nuevos jardines vecinales, en nuestra mente esperábamos toparnos
con una masa de cactús, adelfas, rosales u hortalizas que hubiesen
colonizado un lugar abandonado.
Al girar la esquina nos paramos frente a un parterre rectamgular que no teníamos archivado en nuestros ordenamientos mentales. Al principio no entendíamos qué pasaba, pero había algo que nos obligó a observar de otra forma , como si nos enfilase la mirada.

Al cabo de unos segundos nos dimos cuenta que nos encontrábamos ante un nuevo modelo de jardinería vecinal, una especie de repoblación forestal a pequeña escala: 8 árboles sujetos con palos se alineaban en una casi perfecta línea recta. El parterre estaba tapizado por una fina capa de vegetación silvestre, pero ninguna planta les acompañaba en su formación.

Intentamos averiguar mirando a la fachada del edificio próximo quién podría ser el paisajista vecinal. Apostamos por uno de los pisos de la planta baja que tenía la ventana abierta. Nos acercamos para averiguarlo. “Hola, qué tal”, dijimos a través de los barrotes de la ventana, pero no escuchamos nadie al otro lado.
Nos enfilamos en que
ese vecino o vecina era quien los había plantado. Así que
redactamos una carta de agradecimieto a mano por su pequeña
repoblación, dejando nuestros datos por si quería contactar con
nosotros, y la colamos por la ventana, cayendo sobre su sofá.
Aún no recibimos respuesta, pero no desesperamos, los alineamientos astrales llevan su tiempo.